Desaprendamos lo aprendido...


Cuando aprendemos a meditar muchas veces nos llega a costar trabajo porque tenemos que desaprender todo lo que hemos aprendido. Es una práctica tan fácil que al principio nos parece difícil. A lo largo de nuestras vidas, en la escuela, en nuestras casas y en el trabajo siempre nos han enseñado que tenemos que esforzarnos cuando queremos conseguir algo. Que tenemos que luchar y no rendirnos hasta conseguirlo. Que tenemos que ser fuertes y duros con nosotros mismos, porque así es como vamos a ser exitosos. Aprendemos a juzgar las situaciones como buenas o malas para saber si nos convienen o no. También aprendemos a tratar de controlar lo que nos sucede para así intentar llevar una mejor vida.

Sin embargo, cuando aprendemos a meditar nos dan instrucciones que son completamente opuestas a lo que hemos aprendido toda la vida. Lo más importante de la meditación es no esforzarnos. Cuando empezamos esta práctica aprendemos a rendirnos al mantra y a cualquiera que sea la experiencia que podamos tener. Aprendemos que no tenemos que controlar absolutamente nada de nuestra meditación. No tenemos que controlar el ritmo, la pronunciación ni el volumen del mantra. Tampoco tenemos que controlar los pensamientos que tenemos ni en qué momento trascendemos. Aprendemos a dejarnos ir y fluir con la meditación. Aprendemos a no juzgar nuestras meditaciones ni a nosotros mismos. Aprendemos que lo que sea que pueda llegar a pasar en nuestra meditación es porque en ese momento era exactamente lo que teníamos que vivir. Era exactamente la experiencia que teníamos que tener y el estrés que teníamos que sacar para así poder vivir una vida más plena y feliz.

Entre más tiempo llevamos meditando nos damos cuenta que la manera en que meditamos es una metáfora de cómo vivimos nuestra vida. Empezamos a desaprender todo lo que nos enseñaron, todo lo que la sociedad nos dijo que era lo correcto. Aprendemos a escuchar el encanto, aprendemos a escuchar a nuestro cuerpo. Espontáneamente aprendemos a dejar el control y dejamos de juzgar. Dejamos de juzgar situaciones, personas y a nosotros mismos. Aprendemos que así como nos entregamos y nos dejamos fluir dentro de la meditación, nos entregamos y nos dejamos fluir en la vida.

El poder de la meditación radica en su sencillez. El poder de la vida también radica en su sencillez. Entre más controlamos, más nos esforzamos, más juzgamos menos avanzamos, tanto en la meditación como en la vida. El poder de la meditación y de la vida radica en ser fáciles y amables con nosotros mismos. Nos damos cuenta que nuestro poder más extenso e infinito radica en lo interior, en tocar base con nuestro ser y así descubrir todo nuestro potencial. También aprendemos que cuando nos escuchamos y seguimos lo que es correcto para nosotros la vida no tiene razón de ser difícil ni dura, al contrario, empezamos a vivir la vida sin fricción y nos damos cuenta que la vida es fácil, sencilla y llena de amor.


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