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El Estereotipo de la Meditación

  • 1 jun
  • 2 min de lectura
Antes de aprender a meditar, tenía una idea muy específica de cómo se veía alguien que meditaba. Pensaba que era alguien que tenía la vida resuelta, que siempre estaba calmado, que hablaba con voz tranquila, que nunca se enojaba ni perdía la cordura y que siempre actuaba de manera correcta.
Antes de aprender a meditar, tenía una idea muy específica de cómo se veía alguien que meditaba. Pensaba que era alguien que tenía la vida resuelta, que siempre estaba calmado, que hablaba con voz tranquila, que nunca se enojaba ni perdía la cordura y que siempre actuaba de manera correcta.

Por eso, en el 2011, cuando aprendí a meditar, creía que eso era a lo que tenía que aspirar y que vivir de esa manera iba a resolver todos mis problemas.


Este estereotipo de cómo son los meditadores se ha difundido porque muchas de las prácticas que están de moda hoy en día vienen de tradiciones monásticas. Por eso sentimos que, si meditamos, tenemos que ser igual de pacíficos que un monje budista. En realidad, esa paz a la que aspiramos es solo una pequeña parte de lo que la meditación realmente puede hacer por nosotros.


Pensar que un monje es a lo que debemos aspirar se queda muy corto frente a lo que realmente está disponible para experimentar mediante la meditación. Los grandes y más influyentes meditadores son líderes que mueven masas e inspiran a otros. Son personas que desafían las reglas cuando es necesario, que son honestas con sus necesidades, que viven de forma auténtica, que son autónomas, activas, sin miedo, y que habitan su vida en todo su esplendor.


Si pensamos en la literatura védica, los grandes personajes iluminados no eran personas meramente pacíficas. Son personajes complejos, con partes increíbles y grandiosas, y también con partes no tan fáciles. Son personajes que pelean en batallas, que tienen encuentros con lo divino, que viven amores y anhelos profundos, y que experimentan la vida plenamente. Lo más increíble de leer sobre ellos es que podemos identificarnos tanto con lo bueno como con lo difícil, y eso es parte de la sagrada humanidad.


Ser meditador no es meternos en una rigidez extrema sobre si somos buenos o malos, sino descubrir lo que es verdadero para mí. Lo que puede ser correcto para mí puede no serlo para alguien más. La meditación no nos hace copias idénticas, sino que nos permite experimentar la universalidad y la conciencia expandida a través de nuestra individualidad. Y nuestra individualidad es sagrada, preciosa y única. Es una expresión divina del universo que quiere experimentarse a través de nuestra humanidad.


La meditación no se trata de aspirar a una idea de lo que creemos que es un ser iluminado. Se trata de sanar los traumas y experiencias que han limitado nuestra capacidad de vivir en libertad, y de permitirnos ser ese ser divino que ya somos, para experimentar la vida en todo su esplendor.


Cada uno de nosotros nació con una serie de ingredientes y rasgos de personalidad que nos hacen únicos. No queremos eliminarlos, sino liberarlos del estrés y de las creencias que nos limitan, para pulirlos y así permitir que nuestra luz interna brille a través de ellos. Esa luz crece cada vez que meditamos, derritiendo todo lo que no somos —como las creencias limitantes— y permitiéndonos aceptar lo que somos: el universo expresándose a través de nuestra individualidad.


Nuestra individualidad es divina y celestial, y estamos aquí para vivirla plenamente. 


Con todo mi cariño y Jai Guru Deva,

Isa


 
 
 

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